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Una postal de Conejoria

Visitando la central nuclear: el botón naranja

Una visita a una sala llena de pantallas, luces y un botón naranja que, por algún motivo, no se puede tocar.

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Para visitar la central nuclear habíamos tenido que madrugar, aunque por lo visto la central llevaba toda la noche despierta. No entendí por qué no podíamos ir después de desayunar dos veces, pero me dieron una tarjeta de visitante con una cinta naranja y se me pasó.

El señor que nos acompañaba iba explicando cosas mientras caminábamos. Yo estaba atendiendo, pero entonces llegamos a una sala llena de pantallas y luces, y tuve que atender a todo a la vez.

—¡Oh! ¿Y ese botón naranja?

El señor dejó de señalar la pantalla.

—Ese no se toca.

Me acerqué un poquito porque desde donde estaba no podía apreciarlo bien. Era redondo, naranja y tenía el tamaño perfecto para poner una patita encima.

—Es mi color favorito —le expliqué—. También es el único color primario.

—Hay otros colores primarios.

Giré despacio la cabeza y me quedé mirándolo, por si quería pensarlo un poco más, pero no añadió nada.

—Todos salen del naranja —le aclaré—. Lo que pasa es que algunos salen muy distintos.

El señor se puso entre el botón y yo, así que ahora tenía que asomarme por un lado para verlo. Quizá también era su favorito.

—¿Y lo pulsas tú?

—Cuando hace falta.

—¿Y cómo sabes que no hace falta ahora?

Antes de responderme miró a otra señora, que se acercó también. Me gustó que viniera porque hasta entonces estaba trabajando sola y ahora ya éramos tres junto al botón.

Yo estaba cada vez más contenta, así que abrí los brazos y cogí impulso.

—¡Wiiiiii!

El señor me recogió enseguida y me abrazó con muchísima fuerza mientras la señora ponía las dos manos delante del panel. No sé qué estaban haciendo antes de nuestra visita, pero necesitaban mimos urgentemente.

Me quedé un rato contra su pecho, que iba deprisa, y le acaricié el brazo hasta que empezó a respirar más despacio.

Luego me llevaron a ver unas fotografías del edificio. Había una de cuando todavía lo estaban construyendo, con unas grúas enormes.

—¡Oh! ¿También podemos subir ahí?

El señor se sentó un momento.