Una postal de Conejoria
Conejoria hace la colada
Una tarde en la lavandería automática, una sábana difícil de doblar y el misterio de un calcetín que no estaba tan perdido.
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Me habían encargado hacer la colada porque se había acumulado una montaña de ropa que empezaba a necesitar nombre propio. La metí en dos bolsas, guardé el detergente y fui a una lavandería automática, donde todas las máquinas tenían una puerta redonda estupenda para mirar dentro.
Antes de empezar había que separar la ropa. Un cartel recomendaba hacer grupos de prendas blancas, de color y delicadas, así que extendí todo sobre una mesa y lo pensé con detenimiento. Los calcetines parecían delicados porque siempre desaparece alguno, pero la señora de la lavandería me explicó que aquello se refería al tejido.
—Entonces estos son valientes —dije, apartando los calcetines—. Han venido todos.
La señora contó las parejas y señaló una de rayas verdes que estaba sola.
—Casi todos.
Lo dejé encima del cesto para que pudiera ver el procedimiento y llené la primera lavadora. Luego medí el detergente hasta la raya indicada en el tapón, aunque la ropa parecía bastante más importante que una cantidad normal, y cerré la puerta antes de que ninguna manga pudiera cambiar de opinión.
La máquina comenzó a girar. Al principio la ropa cayó de un lado a otro con mucha seriedad, pero enseguida una camiseta se quedó pegada al cristal y los pantalones pasaron por delante de ella dando vueltas. Me senté en el suelo para verlo mejor. Cada vez que aparecía un calcetín naranja, levantaba una patita para saludarlo y él desaparecía otra vez entre las toallas.
—¿Es tu primera vez en una lavandería? —me preguntó la señora.
—Hoy sí.
Se quedó un momento a mi lado mirando la ropa. Creo que también quería saber si el calcetín naranja conseguiría ponerse delante otra vez, pero tuvo que atender a otra persona justo antes de que lo lograra.
Cuando terminó el lavado, pasé la ropa a la secadora y aproveché para investigar la desaparición del calcetín de rayas. Miré dentro de la lavadora, debajo de la mesa y detrás de los cestos. Encontré una pinza, una moneda de cinco céntimos y un botón azul, pero ninguno parecía echar de menos al calcetín.
La secadora avisó con tres pitidos. Abrí la puerta y fui sacando la ropa, que estaba caliente y olía muy bien. Para ir más deprisa, me puse varios calcetines sobre las patitas, otro en la cabeza y dos encima de los hombros. Cuando quise dejarlos en la mesa, se habían quedado pegados a mí.
Me senté junto al cesto y empecé a formar parejas con los que pude alcanzar. Uno de lunares encontró a otro de lunares, dos azules se reconocieron enseguida y el naranja apareció abrazado a una funda de almohada. También junté uno con estrellas y otro con rayas porque tenían aproximadamente la misma altura y parecían llevarse bien.
—Esos no son pareja —dijo la señora al pasar.
—Antes no —le expliqué.
La señora abrió la boca, pero decidió seguir caminando. Quizá no quería interrumpir un momento tan importante.
Después intenté doblar una sábana bajera. Metí las esquinas unas dentro de otras como indicaba un dibujo de la pared, extendí los brazos y descubrí que aún quedaba una esquina muy lejos. Fui a buscarla sin soltar las demás y la sábana se enrolló a mi alrededor. Desde dentro no podía ver el dibujo, aunque sí una luz blanca muy agradable.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó la señora.
—Estoy casi a la mitad.
Entre las dos conseguimos sacar mis orejas, encontrar las cuatro esquinas y convertir la sábana en un rectángulo razonable. No era exactamente igual que el del cartel, pero cabía en el cesto y ninguna parte arrastraba por el suelo, así que dimos el resultado por bueno.
Solo faltaban los calcetines. Me quité los que seguían pegados a mis brazos, revisé las parejas y vi que ahora había uno negro sin compañero. Aquello empezaba a ser sospechoso: habíamos recuperado un calcetín y perdido otro durante la misma colada.
Volví a mirar dentro de la secadora. La señora revisó debajo de la mesa y yo estaba a punto de interrogar al calcetín naranja cuando ella empezó a reírse.
El calcetín negro estaba adherido a mi espalda.
—No se había perdido —dije mientras lo reunía con su pareja—. Se había venido conmigo.
Guardé toda la ropa, incluida la nueva pareja de estrellas y rayas, y dejé la moneda de cinco céntimos junto a la pinza y el botón por si alguien volvía a buscarlos. El calcetín verde viajó encima del cesto para no sentirse solo. En casa encontraríamos al otro.
O formaría otra pareja estupenda.
