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Una postal de Conejoria

Conejoria y The Conejorians en el Dragón Verde

Una noche de música en directo en el Dragón Verde necesita un grupo, un nombre y quizá algo más de ensayo.

3 min de lectura

La primera vez que entré en el Dragón Verde pensé que sería difícil encontrar al dragón. Había mapas en las paredes, espadas que parecían preferir que nadie las tocase y una puerta redonda al fondo, pero todo el mundo bebía con mucha tranquilidad, así que deduje que el dragón estaría descansando.

Habíamos ido porque aquella noche había música en directo. Eso estaba escrito en una pizarra junto a la barra y me pareció una precisión curiosa, porque escuchar música en indirecto debe de ser complicadísimo.

Mientras buscábamos una mesa, una persona salió de detrás del pequeño escenario y preguntó si alguno de nosotros sabía tocar. El grupo que debía actuar tenía un problema con una rueda y llegaría tarde. No entendí qué instrumento era la rueda, pero levanté la patita porque yo sabía tocar algunas cosas si no eran muy delicadas.

—¿Tenéis grupo? —preguntó.

Miré a quienes habían venido conmigo. Aún no teníamos grupo, aunque estábamos bastante juntos, de modo que solo nos faltaba el nombre.

—The Conejorians —dije.

Sonaba internacional y muy ensayado. La persona del escenario lo apuntó en la pizarra antes de que nadie pudiera plantear una alternativa, y cinco minutos después estábamos rodeados de instrumentos. Repartimos los que cada cual conocía y dejamos en el centro los que todos mirábamos con respeto. Yo elegí una pandereta porque cabía entre mis patitas y porque cada movimiento producía resultados inmediatos.

Acordamos empezar con una canción fácil. Alguien marcaría cuatro tiempos y entraríamos a la vez, lo cual era un plan excelente hasta que descubrimos que no todos entendíamos lo mismo por «a la vez».

—Uno, dos, tres, cuatro.

La guitarra empezó en el tres, yo en el dos y una voz desde el fondo preguntó si ya habíamos comenzado. Decidí que sí y agité la pandereta con entusiasmo para que el principio quedase confirmado.

La gente dejó de hablar. Algunas personas se volvieron hacia el escenario y otras levantaron sus vasos, quizá para vernos mejor a través de ellos. Seguimos tocando y, después de unas vueltas, todos encontramos una parte común de la canción. Duró poco, pero fue una parte estupenda.

En la segunda canción me acerqué al micrófono para hacer los coros. Estaba demasiado alto, así que tiré de él hacia abajo y el pie se inclinó conmigo hasta que alguien lo sujetó por detrás. Canté «la, la, la» donde me habían indicado y también en dos sitios nuevos que parecían un poco vacíos. Desde una mesa comenzaron a acompañarme, primero una persona y luego varias, y pronto todo el bar estaba cantando una letra que no existía.

Aquello facilitaba mucho las cosas porque era imposible equivocarse.

Cuando llegó el estribillo final, levanté la pandereta, abrí los brazos y grité:

—¡Wiiiiii!

El micrófono seguía delante y emitió un ruido enorme. La música se detuvo, pero el bar contestó con otro «wiiii» todavía más fuerte, así que repetimos el estribillo desde el principio para que pudieran hacerlo mejor. Esta vez salió tan coordinado que hasta quienes estaban en la barra golpearon el ritmo con las manos.

Terminamos con una reverencia colectiva bastante desordenada. Yo me incliné hacia un lado, la pandereta cayó sobre un amplificador y dio el último golpe de la noche por su cuenta. Después hubo aplausos, alguien pidió otra canción y la persona que nos había subido al escenario preguntó cuánto tiempo llevábamos tocando juntos.

—Desde hace un rato —le expliqué.

Nos invitó a algo en la barra y dejó «The Conejorians» escrito en la pizarra hasta el cierre. El otro grupo llegó poco después con todos sus instrumentos y una rueda nueva, pero para entonces el Dragón Verde ya sabía cantar nuestra canción.

No tenía letra, aunque eso nunca detuvo a nadie.