Una postal de Conejoria
La miniconejoria del huevo Kinder
Un huevo de chocolate, una cápsula amarilla y una sorpresa extraordinariamente parecida a Conejoria.
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Me habían regalado un huevo Kinder y decidí abrirlo después de comer, porque desenvolver chocolate antes de la comida puede provocar que la comida se retrase indefinidamente.
Quité el papel con cuidado y separé las dos mitades del huevo. Una quedó casi entera; la otra se partió en cinco trozos, lo que facilitaba mucho el reparto aunque todavía no hubiese nadie más en la mesa. En medio estaba la cápsula amarilla de la sorpresa.
Intenté abrirla con las patitas, luego con las dos patitas y, por último, sujetándola contra el pecho mientras tiraba de la tapa. La cápsula se abrió de repente y algo pequeño salió disparado sobre el mantel.
Era yo.
Bueno, era una versión diminuta y de plástico de mí: tenía dos orejas, cuerpo naranja, ojos enormes y una sonrisa muy tranquila. Sus brazos eran rígidos, sus piernas se doblaban un poquito y cabía de pie dentro de una de las mitades de chocolate.
La puse frente a mí y nos quedamos mirando. Yo esperaba que hiciera algo; ella, en cambio, parecía capaz de esperar mucho más, así que ganó.
Dentro de la cápsula había también un papel con varios dibujos. Busqué el nombre de la figura, pero solo encontré flechas que explicaban cómo moverle los brazos y una colección de juguetes que no se parecían en nada a ella. Quizá aún no habían actualizado el catálogo.
—Eres una miniconejoria —le expliqué.
La miniconejoria mantuvo la sonrisa. Había entendido perfectamente.
Probé a sentarla, a levantarle una patita y a girarle la cabeza. Todo funcionaba con pequeños clics muy profesionales. Luego intenté darle un trocito de chocolate, pero se le cayó de las manos dos veces y empezó a derretirse sobre su barriga.
—No pasa nada. A mí también me ocurre.
La limpié con una servilleta y decidí comprobar si daba buenos abrazos. Como sus brazos no llegaban alrededor de mí, los coloqué alrededor de uno de mis dedos y acerqué la mejilla. Era un abrazo pequeño, pero ocupaba todo el dedo, así que estaba completo.
Entonces llegaron los demás y encontraron las dos mitades del huevo en la mesa, la cápsula abierta y a las dos Conejorias sentadas una frente a otra.
—Se parece muchísimo a ti —dijeron.
Miré a la miniconejoria, que seguía sonriendo con una discreción admirable.
—Sí, aunque es menos blandita.
Alguien preguntó cómo iba a llamarla. Propusieron Zanahorita, Conejorita y Mini, pero todos esos nombres podían confundirla, porque estaba claro que ella ya sabía quién era.
—Conejoria —respondí—. Yo seré Conejoria grande cuando estemos juntas.
Para que no se perdiera, preparé un asiento dentro de la cápsula con un pedacito de servilleta. La miniconejoria cabía perfectamente y podía asomarse por encima del borde, aunque tuve que impedir que cerraran la tapa porque acababa de salir y no era razonable mandarla otra vez dentro.
Después repartimos el chocolate. Le reservé el trozo más pequeño, por proporción, y lo coloqué delante de su asiento. No se lo comió, pero tampoco dejó que nadie lo cogiera.
Creo que nos vamos a llevar muy bien.
