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Una postal de Conejoria

Conejoria estrena un bolígrafo de zanahoria

Un bolígrafo con forma de zanahoria necesita una primera misión importante y un lugar seguro lejos del pelador.

3 min de lectura

Conejoria alza una patita mientras una mujer sostiene por error su bolígrafo con forma de zanahoria junto a un pelador, en una cocina con zanahorias de la compra.

Me regalaron un bolígrafo con forma de zanahoria. Tenía el cuerpo naranja, una punta fina y unas hojitas verdes en la parte de arriba, así que lo sostuve con las dos patitas durante un rato para que comprendiera que había llegado a una buena casa.

—¿Escribe en naranja? —pregunté.

Escribía en azul.

Me sorprendió, pero no quise juzgarlo por lo que llevaba dentro. Probé a escribir mi nombre en una hoja y las letras salieron con tanta facilidad que parecía que ya lo conocían. Debajo hice una raya, un círculo y una zanahoria pequeña para comprobar la precisión. Todo quedó muy profesional, salvo la zanahoria, que parecía una sardina con flequillo.

Decidí que un bolígrafo tan especial no debía gastarse en cualquier cosa. Esperaría hasta tener que firmar un documento importante, anotar un descubrimiento o comunicar una información imprescindible para la supervivencia del grupo.

La ocasión llegó antes de comer.

—Hay que hacer la lista de la compra —dijeron.

Me senté a la mesa, destapé el bolígrafo y pedí que hablasen despacio. Fui apuntando pan, café, tomates, leche y papel de cocina con mi mejor letra. Cuando terminaron, añadí «zanahorias».

—Todavía quedan —me avisaron.

Taché la palabra con una línea muy recta y escribí debajo «comprobar zanahorias». Era mejor no tomar decisiones precipitadas sin examinar las existencias.

En el supermercado llevé la lista y el bolígrafo juntos. Cada vez que encontrábamos algo, dibujaba una marca al lado, aunque la primera fue tan grande que atravesó el pan y llegó hasta el café. Las siguientes quedaron más pequeñas. Al llegar a las verduras comprobé las zanahorias con mucha atención y decidí que sí hacían falta, porque las de casa no estaban allí para defender su puesto.

Volvimos con dos bolsas y dejé el bolígrafo sobre la mesa mientras guardábamos la compra. Entre el movimiento de paquetes acabó junto al manojo de zanahorias nuevas, perfectamente alineado con ellas. Yo estaba colocando el café cuando alguien se acercó al fregadero con una zanahoria en una mano y el pelador en la otra.

Me giré justo a tiempo.

—Esa escribe.

La persona miró lo que había cogido, dejó el pelador muy despacio y me entregó el bolígrafo sujetándolo por las hojitas. Después examinó las demás zanahorias antes de seguir, lo cual me pareció una precaución excelente.

Para evitar nuevas confusiones, recorté una etiqueta de cartulina y escribí «BOLÍGRAFO» con letras grandes. Luego la até a las hojas verdes y lo guardé en el vaso de los lápices, donde sobresalía por encima de todos como una planta de oficina.

Al final no había firmado ningún tratado ni anotado un gran descubrimiento, pero había completado una lista, protegido las provisiones y salvado a un bolígrafo de ser pelado.

Para ser su primer día, había escrito una historia importante.