Una postal de Conejoria
Conejoria descongela el arcón
Un arcón congelador lleno de hielo, un picahielos y una ayudante adorable con una precisión algo inquietante.
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El arcón congelador llevaba tanto tiempo acumulando hielo que la tapa ya no cerraba bien. Por dentro parecía una cueva blanca llena de guisantes, cajas sin nombre y una bolsa de zanahorias que yo daba por perdida desde hacía meses, así que acepté ayudar a descongelarlo antes de que alguien cambiara de opinión.
Primero lo desenchufamos, sacamos la comida y colocamos unas toallas alrededor. Después me dieron un picahielos y me explicaron que debía golpear con suavidad, siempre hacia la pared de hielo y sin acercarme a la del arcón.
—Golpecitos pequeños —insistieron.
Asentí y apoyé la punta en una grieta. Di tres toques cortos, moví la patita un centímetro y di otros dos. Una placa de hielo del tamaño de una bandeja se separó entera y cayó sobre las toallas con un ruido estupendo.
—¿Así de pequeños?
La persona que me vigilaba tardó un poco en contestar.
—Sí. Exactamente así.
Seguí por la pared del fondo mientras tarareaba. El picahielos hacía «tac, tac, tac», cada vez más deprisa, y yo iba encontrando las uniones escondidas bajo la escarcha. A veces miraba hacia otro lado para preguntar dónde guardábamos el helado o para enseñar algún descubrimiento, pero mi patita continuaba trabajando por su cuenta y las láminas se desprendían una detrás de otra.
Quienes estaban sacando el agua empezaron a hacerlo desde una distancia considerable. Me pareció muy práctico, porque así dejaban sitio para los trozos grandes.
En una esquina quedaba un bloque especialmente grueso. Probé por arriba, luego por un lado y al final hundí la punta con un movimiento seco. El picahielos entró hasta el mango y el arcón avanzó varios centímetros por el suelo.
Todos se quedaron quietos.
—Este está más agarrado —expliqué.
Sujetaron el arcón mientras yo tiraba. El bloque salió de repente, tan grande y transparente que pude verme reflejada en él, aunque con las orejas un poco deformadas. Lo levanté para enseñarlo y las demás personas retrocedieron a la vez.
—No hace falta que os apartéis —dije—. Cabe todo el mundo.
Dejé el hielo en el fregadero y volví a por el último rincón. Allí encontré la bolsa de zanahorias, pegada al fondo dentro de una costra helada. La liberé con cuatro golpes muy rápidos y la alcé triunfalmente, todavía con el picahielos en la otra patita.
—¿Puedes dejar eso antes de abrazarnos? —preguntó alguien.
Me pareció una precaución razonable, así que lo clavé en el bloque del fregadero para saber dónde estaba y abrí los brazos.
—¡Wiiiiii!
El abrazo fue colectivo e inmediato. Algunas personas seguían mirando por encima de mi cabeza hacia el picahielos, quizá porque les había impresionado lo recto que había quedado.
Cuando terminamos, el arcón estaba limpio, la tapa cerraba y no habíamos roto nada. Guardamos otra vez la comida y puse las zanahorias arriba del todo, donde pudieran respirar y yo pudiera encontrarlas.
Me dijeron que la próxima vez llamarían a alguien especializado.
Les di mi número.
