Una postal de Conejoria
Conejoria corre la Nocturna de Sevilla
Un dorsal extraordinario y una mochila de zumo de zanahoria acompañan a Conejoria en una carrera nocturna por Sevilla.
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Cuando me propusieron correr la Nocturna de Sevilla, pregunté a qué hora había que levantarse. Me explicaron que empezaba por la noche y acepté antes de que pudieran añadir más condiciones, porque por fin alguien había organizado un deporte a una hora sensata.
Al recoger el dorsal me dieron el número 0001. Lo examiné con atención: tenía cuatro cifras, tres ceros muy ordenados y un uno que dejaba bastante claro quién iba delante. No quise presumir, aunque me pareció amable que la organización hubiese reconocido mi talento antes de verme correr.
También preparé una mochila de hidratación. Las demás personas la llenaban de agua, pero yo consideré que una carrera larga exigía un combustible más completo, así que puse zumo de zanahoria en el depósito y pasé el tubo por encima del hombro hasta dejarlo junto a la boca. Probé un sorbito.
Funcionaba.
Probé otro por seguridad y me dijeron que guardase algo para la carrera.
En la salida había muchísima gente dando saltitos, estirando las piernas y moviendo los brazos. Me uní al calentamiento, aunque entre el entusiasmo, la mochila y todas aquellas personas apretadas ya tenía bastante calor. Luego nos colocaron detrás de una línea y descubrí que, a pesar de mi dorsal, habían puesto a varios miles de corredores a mi alrededor. Debía de ser una salida conjunta para que nadie se sintiera menos importante.
Sonó la señal y todos empezaron a correr.
Yo también, por supuesto, pero primero tuve que recolocarme el tubo, que con el primer paso se había enganchado detrás de una oreja. Cuando conseguí llevarlo otra vez a la boca, el grupo ya avanzaba por las calles iluminadas y el suelo devolvía el resplandor de las farolas. Había público detrás de las vallas, música en algunos tramos y tantas zapatillas golpeando el asfalto que Sevilla parecía tener un corazón enorme y un poco descoordinado.
—¡Vamos, cero cero cero uno! —gritó alguien.
Levanté una patita para confirmar que seguía y casi me desvié hacia una valla, así que decidí responder solo con la mirada a los siguientes. Pareció funcionar: cada vez animaban más.
Algunos corredores me adelantaban y otros se quedaban atrás, pero no me preocupó porque todos íbamos al mismo sitio. Además, yo llevaba provisiones. Fui bebiendo pequeños sorbos de zumo mientras corría, con una eficacia que me pareció formidable hasta que llegamos a un puesto de agua. Una voluntaria me ofreció un vaso y lo cogí para no despreciar su trabajo, aunque ya tenía bebida.
Intenté beber el agua sin soltar el tubo del zumo.
No es posible beber dos cosas a la vez, pero sí es posible echarse una por la cara y conservar la otra entre los dientes. La voluntaria me miró con cierta preocupación; yo levanté el vaso vacío para que viera que la hidratación se había completado y continué corriendo.
Más adelante apareció la Giralda, encendida contra el cielo oscuro. Era muy alta y llevaba quieta toda la carrera, lo que tenía bastante mérito porque no parecía cansada. Quise contemplarla mejor, pero un corredor que venía detrás me avisó de que mirase al frente. Se lo agradecí y me puse a su lado un rato para ayudarlo, ya que respiraba como si estuviera inflando un castillo hinchable.
—¿Quieres zumo de zanahoria? —le ofrecí, señalando el tubo.
Negó con la cabeza sin dejar de respirar.
Seguramente llevaba el suyo.
Cuando vi el arco de meta aún me quedaba un poco de zumo, así que di un sorbo largo y aceleré. La gente volvió a gritar mi número, yo abrí los brazos y crucé la línea con un «¡wiiiiii!» que duró más que el último impulso. Después tuve que seguir unos pasos porque frenar también formaba parte de la carrera y nadie me lo había explicado al principio.
Me dieron una medalla y pregunté en qué puesto había quedado. Una persona consultó una pantalla y empezó a buscar mi tiempo, pero le enseñé el dorsal para ahorrarle trabajo.
—El dorsal no indica la posición —me aclaró.
Miré el 0001, luego la medalla y después todo el recorrido que acabábamos de dejar atrás. Quizá no había llegado la primera, pero era mi primera Nocturna, mi primera carrera con mochila y la primera vez que bebía agua y zumo casi simultáneamente.
Así que el número estaba bien.
