Una postal de Conejoria
Conejoria se hace un bocadillo de zanahorias
Un pícnic, una barra de pan y todas las zanahorias que puedan caber dentro plantean un pequeño problema de proporciones.
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Habíamos quedado para hacer un pícnic y cada persona tenía que llevar su propia comida. Yo elegí un bocadillo porque es un invento muy práctico: el pan abraza el relleno y así puedes transportarlo todo junto.
En la panadería pedí la barra más grande que tuvieran. La señora me entregó una que casi no cabía en mis brazos y, cuando le pregunté cuánto relleno debía ponerle, me dijo que eso iba al gusto.
—¿Pero cuánto cabe?
—Todo lo que tú quieras, guapa.
Me pareció una medida muy precisa.
Al llegar a casa saqué las zanahorias de la nevera y las coloqué junto al pan. Había zanahorias largas, cortas, gorditas y una muy fina que probablemente se había esforzado demasiado en crecer deprisa. Abrí la barra y empecé por las más grandes, aunque atravesadas sobresalían por ambos lados, así que las puse a lo largo. En los huecos acomodé las pequeñas y luego corté otras en tiras para aprovechar el espacio restante.
Cuando ya no quedaba espacio, añadí tres más.
Intenté cerrar el bocadillo, pero la parte de arriba se quedaba inclinada sobre una montaña naranja. Presioné con las dos patitas y varias zanahorias salieron por el extremo contrario; las recogí, volví a colocarlas y abracé el pan entero para que comprendiera que teníamos que colaborar.
No se cerró, aunque dejó de escaparse nada. Era suficiente.
Llevé el bocadillo hasta el parque apoyado contra el pecho y caminé despacio, porque no veía muy bien el suelo por encima de la corteza. Cuando llegué, los demás ya habían extendido una manta y estaban sacando recipientes pequeños, fruta cortada y unos bocadillos que parecían haberse quedado a medio crecer.
Dejé el mío en el centro. Ocupaba casi toda la manta.
—¿Eso es para compartir? —me preguntaron.
Miré el bocadillo. Después miré a todas las personas del pícnic y calculé cuántos mordiscos podían dar antes de llegar a mi parte.
—Puede ser.
Me senté, lo levanté por un extremo y abrí mucho la boca, pero el pan, las zanahorias y mi cara no coincidían en el mismo sitio. Probé girándolo un poco. Luego otro poco. Una zanahoria pequeña se deslizó hasta la manta y alguien la cogió antes de que alcanzara la hierba.
—Gracias —dije—. Puedes comértela para que no vuelva a intentarlo.
Otra persona sacó una de las zanahorias que sobresalían y la partió en dos. Alguien pidió una tira, después otra y, en muy poco tiempo, todo el mundo estaba comiendo de mi bocadillo sin necesidad de acercarse al pan. Era un sistema de reparto sorprendentemente eficaz.
Cada vez que desaparecía una zanahoria, la tapa bajaba un poco. Al final pude cerrarla, agarrar el bocadillo con comodidad y darle mi primer mordisco. Seguía siendo enorme, crujiente y muy naranja por dentro.
—La próxima vez trae uno más pequeño —dijo alguien.
Asentí mientras abrazaba lo que quedaba.
La próxima vez usaría zanahorias más grandes.
